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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Solo sucede lo que puede suceder (Crítica)


Julio Castro La República Cultural

“¡Eh! ¡Muchacho! ten cuidado contigo mismo / somos seres débiles / y nos inoculan una enfermedad / a edad temprana / que arrastramos toda la vida”, exclama Antonio Sarrió. Está exhortando a cualquiera y a nadie, es uno de los personajes o personas de la obra que Cambalero Teatro desarrolla a partir del texto de Carlos Sarrió. “…el problema del sentido de la vida es que a nadie le importa una mierda. Salvo a media docena de ‘pensantes’ que a duras penas hacen de esa búsqueda su trabajo. Al resto de los mortales nos basta con que venga alguien y nos lo explique…”, dice en otro momento la persona que encarna Begoña Crespo.

Una especie de habitación que casi se ha convertido en un pequeño desván de objetos dispares, la mayoría de otros tiempos, como una máquina de escribir, o un tocadiscos, sillas de varios colores, una mesilla decorada, una estantería con objetos inconexos que se almacenan. Una caja con discos que saldrán de su funda, una radio… un diseño al estilo vintage que parece albergar y alberga un pasado personal que trasciende para alojarse en lo colectivo, en lo social. Entorno al contenido, el público, a cara descubierta, porque todo forma parte de una intención.

El texto de Carlos Sarrió no se monta en personajes, sino en cuatro personas verbales para un enorme poema que desgrana la dinámica de millones de vidas: yo, tú, él, nosotros… Porque lo cierto es que configura espacios de análisis que se mueven en la escena por aproximación a lo que pueda sentir cada persona del público, de manera que las acciones corresponden a los hechos más que a las palabras. La compañía parece montar una especie de acción colectiva (sí, teatro, pero cercano a lo más tangible), como si instaurase una revolución próxima a un 15M, en el que un trayecto vital que abarca a tanta gente, deja sobre la mesa todo lo que podamos analizar.

“…le preguntaron si la realidad existía y aquel físico bajó del escenario y se sentó en los escalones y dijo: ‘las cosas… suceden…’” dice la persona de Eva Blanco. Está en las entrañas del texto, porque parece una evidencia, pero Sólo sucede lo que puede suceder, desde su título es un análisis poco habitual de la evidencia que se ignora para vivir sin muchos problemas, o para poder ejercer lamentos colectivos sin cambiar nada. Y no es que el montaje o el texto propongan cambios de manera evidente, sino que exploran y exponen. “Y vas armado por la calle y en los bares y en tu casa con un boli y una libreta y anotas escribir poesía es como estar enamorado un viaje a lo desconocido y te dices escribe imbécil que para eso has venido”, dice el texto al poco de abrir el fuego e, inevitablemente, me siento muy próximo a esa posición, sin culpa ni castigo, pero me miro.

Media el texto cuando Julio C. García ataca otra realidad tangible que escondemos en la trastienda cada día: “estábamos desahuciados / con los muebles en la puta calle / y aunque las madres contaban dulces cuentos / los niños no se los creían / miraban con ojos como platos sus cosas / al lado de la tapa de la alcantarilla / la tele encima del colchón / las lágrimas contenidas / y ahora qué -se preguntaban- / a esperar tiempos mejores”.

Como en otras ocasiones, el texto y la acción física no tienen ese reflejo parejo de un teatro clásico instrumentado hacia la necesidad de ordenación consuetudinaria, sino que el movimiento hace lo que hace, encuentra cabida y acoge al texto. Hay menos diálogo aparente que en otros trabajos, para transformarse en acción descarnada, que se asocia a lo que conviene en cada momento, en lo que se amolda a un significado adecuado. De esta manera, la poética y la prosa se salvan dentro de su estructura, mientras que la acción escénica se adapta a otra realidad y no siempre hace de intermedio comunicador entre el contenido del autor y el público, sino que, al contrario, propicia que el propio público se aproxime a la versión que necesita darle a su contenido.

Sus personas / personajes, parecen no comunicarse entre sí, pero la realidad es que forman parte de un todo, en el que comunican con el público, en una forma de convergencia muy diferente. Es de esperar que encontraremos hay puntos de conexión más evidentes entre todas las partes presentes en el montaje, de manera que se alcance un punto final desde el que lanzarán al espectador a su propio espacio, con una diferencia: ahora acompañado del conocimiento de que otras personas también tienen esa necesidad, esa a la que nos hemos atado en el recorrido de esta evidencia.

Estamos ante un texto crítico, que se ve potenciado por la puesta en escena. Su desarrollo sugiere casi desesperación en ciertos pasajes, pero no entra en un callejón sin salida, sólo avanza en realidades, porque parece sugerirnos que, si la vida nos ha traído hasta aquí, se demuestra que estamos vivos, y abarca pasajes tremendamente analíticos, tanto en su parte poética como en la prosa intermedia: “Este tipo de conceptos negativos son fundamentales para un sistema social basado en la dominación por medio de la mentira. Lo ‘normal’ es algo indeterminado que nos mantiene a todos a raya para que nadie sea como es realmente. Es uno de los pilares fundamentales de esta arquitectura de mentiras que hemos tejido entre todos y que llamamos sociedad o civilización”.
Cabe también un descarado acercamiento “la institución prefiere trocear a las personas.
‘Divide y vencerás’. Para una institución una persona es: consumidora / estudiante / trabajadora / paciente / cliente / votante / activista / creativa / emprendedora / parada / jubilada…este despiece es uno de los pilares de la dominación que necesita el sistema económico ‘antes llamado capitalista’”, como podemos comprobar, sin dejar de lado la ironía o la parodia textual en la denuncia.

Poco a poco descubrimos cómo estamos tratando de la vida pasada, de la imposibilidad de regresar, pero sí de elegir dentro de la propia elección, de escoger lo que queremos hacer, incluso, aunque todo finalmente pase. No encuentro tanto desasosiego o lamento, como necesidad de evidenciar para ponernos en guardia de lo que somos, de lo que permitimos. Luego, ya, “que alguien ponga un poco de música… o algo”.

“y en las calles arderá nuestra indiferencia
en grandes hogueras
los trajes de Armani correrán desesperados intentando
conseguir cobertura para sus iPhone inútiles
los voceros del régimen dirán que no
que así no
que la violencia es legítima solo si vienes de familia bien
que esos ruidos son inadmisibles
que ya no se oyen a sí mismos
en esos discursos interminables
llenos de odio y cadáveres blancos e inocentes
nada detendrá esa corriente
ese río de desesperación desatado
con inexplicable exactitud
extirpará cánceres de las calles y de los púlpitos”

Es de lo más potente que he podido presenciar y leer en los últimos tiempos. Y creo que es precisa la doble mirada, la de la puesta en escena dirigida por Carlos Sarrió, y la del texto que ofrece nuevas posibilidades. Cualquiera de ellas puede ser independiente, pero ambas enriquecen la mirada y la opinión desde un teatro diferente y desde un texto a su medida. O al contrario.
Julio Castro

"Solo sucede lo que puede Suceder" es la nueva obra de Cambaleo Teatro. Con textos y dirección de Carlos Sarrió, e interpretada por: Eva Blanco, Julio C. García, Begoña Crespo, Antonio Sarrió, y Carlos Sarrió.






viernes, 24 de enero de 2014

Nunca debimos empezar por ahí

Elisa siempre llora en el restaurante ruso. No sabemos si llora en todos los restaurantes rusos. Pero en el restaurante ruso que está en la Plaza de la Paja siempre lo hace. Es lo que nos explicó cuando comíamos allí y al final de la comida, mientras hablábamos de la infancia de nuestros padres, rompía a llorar y mientras lo hacía nos contaba que la primera vez que estuvo, ante lo cual dedujimos que esa vez era la segunda, también lloró. Y en esa primera vez. recordaba con voz entrecortada, lo hacía sin motivo aparente. Quizás la camarera rusa, la música rusa, la tristeza rusa, la comida rusa, el vodka ruso... No sabemos. Y es que las personas vamos siempre cargadas con nuestro llanto allí donde estemos. 

Tratamos de no usarlo. Como si hacerlo fuera el último recurso. Como si llorar fuera la prueba de que no hay nada que hacer con el asunto. Como si llorar fuera la muestra palpable de nuestra impotencia. Y puede que ciertamente así sea. Y lo que me pregunto es que por qué no lo hacemos más. Lo de llorar, quiero decir. No queremos mostrar nuestra impotencia. Es difícil mirar a alguien que llora sin hacerlo tú también. Y me vienen a la cabeza las imágenes de la tele en que aparecen esas mujeres llorando de desesperación porque han perdido algún hijo, en cualquiera de esas guerras interminables que cuidamos con tanto esmero para que no acaben. No puedo... es difícil mantener la mirada, es difícil no llorar con ellas. 

Y es que se me ocurren muchas razones para echarnos a llorar y no parar. Y se me ocurre que podíamos quedar todos a alguna hora concreta y echarnos a llorar, no de impotencia, sino de rabia. Y llorar y llorar y no parar de hacerlo. No sé cuántos litros de llanto puede generar una persona (lo miraré en Internet), pero lo suyo sería gastarlos todos. Todos a la vez. Llorar hasta deshidratarnos. Un día me explicaba Aníbal que el llanto tiene la misma composición química que el agua de mar y que es una especie de recordatorio de dónde venimos. Llorar hasta crear un mar de lágrimas que limpie todo lo que hemos construido, que inutilice todo lo que hemos construido, que anule nuestra capacidad de construir. 

Hemos elegido construir para vencer a la muerte, con la certeza de que la construcción seguirá ahí cuando ya no estemos. 
Y lo único que generamos es infelicidad a los que vienen detrás, que tienen que aguantar con resignación las construcciones heredadas. 

Y construirnos edificios, palacios, puentes, instituciones, leyes. 

Y todo lo que construimos está hecho del mismo material: miedo. 

Y así vamos traspasando ese miedo con forma a las futuras generaciones, para que no olviden, para dejarlo todo atado y bien atado. Para que vean de manera palpable que es imposible vencer a la muerte. Y que la crueldad es el ingrediente principal de nuestro quehacer. Y es que de todas las instituciones conocidas la más cruel y abyecta es la naturaleza, con ese algoritmo hediondo que le hace seguir y seguir, como sea y a costa de lo que sea. Y es que a la naturaleza le importa una mierda el sujeto. Lo que le importa es continuar. Y tú como sujeto sólo eres portador de información. Y tienes los días contados. Así que ya puedes ir pasando tu información a otro, que para eso estás aquí. Y una vez hecho esto, ya estás listo para que te den por culo. Acepta tu deterioro, acepta tu inutilidad, acepta tu muerte. Acepta. Y de eso es de lo que va todo esto, de aceptar. De agachar la cabeza y continuar. 

Y no hay sitio donde protestar.

Lctr. (Extracto de la obra reciente de Carlos Sarrió)

jueves, 17 de febrero de 2011

La Trilogía (Cambaleo)




"Tres exposiciones diferentes y años de trabajo que se pueden resumir en el concepto de aprender a ganar perdiendo. Quizá a alguien pueda parecerle poca cosa para tanto esfuerzo, y sin embargo, además de la dificultad que plantea alcanzar una conclusión de conceptos contrapuestos, tan compleja y poco evidente, la profundidad de esta Trilogía y lo divertido del viaje, nos dejan la seguridad de dos cosas: una es que Cambaleo Teatro hace las cosas a conciencia y persevera hasta el final de sus propuestas, pase el tiempo que pase. La otra consiste en darse cuenta de que se divierten con sus objetivos, y tratan de cumplirlos con la seriedad que da esos puntos de humor e ironía (incluso a veces de cinismo) en la exposición..."

Leer más aquí

Lctr.



PS. Justo es decir aquí, que en este mundo en el que tanta importancia se le da al éxito personal, al triunfo, a la victoria, justo es pararse a pensar, también, si ese comportamiento ganador es humano o, por el contrario, nos aleja de los valores que nos diferencian de los comportamientos naturales.
Sirvan como ejemplo todos los procesos ordinarios en la naturaleza para hacernos caer en la cuenta de que la victoria parece regir todos ellos. La simple concepción de un individuo fecundado sexualmente, no es más que la historia de un triunfo individual llevado a cabo a costa del fracaso de la generalidad.
Aunque el ganador siempre es uno sólo, y los perdedores son todos los demás, nos cautiva sobremanera el éxito. No dejamos de hablar de él. Las historias, para que funcionen bien, siempre han de llevar consigo un éxito que nos atraiga la atención, y un buen sacrificio que nos satisfaga y nos haga tomar distancia. Y siempre igual.

Gracias a Cambaleo Teatro, A Carlos, a Antonio (F. Lera y Sarrió), a Eva, a Begoña, a Pablo y a Gonzalo... Gracias por hablarnos de esto último.

De lo de "siempre igual", se entiende.

sábado, 16 de octubre de 2010

MEXICO, lindo y querido...

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Como quiera que los amigos de Cambaleo se encuentran en estos momentos en tierras mejicanas, sirva esta entrada para saludarles y mandarles un beso y un abrazo fuertes y apretados.
lctr.



Añadido por Jm